
Buenas noches, Virgen Mía.
En este momento íntimo
en que el Padre nos retira el Sol brillante
como para invitarnos a reflexionar...
Aquí, a tus pies,
quiero recordar contigo:
A quienes hoy han visto anochecer por última vez.
A los que pasarán la noche entre la enfermedad y la fiebre.
A aquellos que sufrirán, en esta noche, la injusticia, la guerra, la persecución, el hambre...
Y, desde este rinconcito del mundo,
contigo, mi Virgen de la Fuensanta,
espero un nuevo amanecer
en la Vida Eterna y en la Vida Terrenal,
donde no exista el estruendo de las explosiones,
ni el silbido de las balas,
ni el lamento de los hospitales,
ni el llanto de los hombres.
Sólo el canto de los pájaros,
el murmullo de los arroyos,
el susurro de la brisa
y las risas de los niños.
Descansa esta noche, Madre,
aunque sabemos que Tú jamás duermes y que,
junto al aroma de estas flores,
sientes las espinas de nuestros problemas.
Por eso, Virgen de la Fuensanta,
nosotros sí dormimos tranquilos.
Porque Tú siempre nos estás velando.
Hasta mañana. Hasta el canto del primer jilguero.
Buenas noches, Virgen de la Fuensanta.


